Ejemplo 4: Efectos sinérgicos desconsiderados
Lo que está ocurriendo en Villena —y especialmente en su valle— es el reflejo más claro de una ausencia total de planificación y racionalidad en el despliegue de las energías renovables. Analizar cada proyecto fotovoltaico de forma aislada, o limitarse a mencionar de pasada los “proyectos anexos” en los estudios de impacto ambiental, no constituye una evaluación ambiental estratégica, sino una mera fragmentación administrativa de los impactos. Esta práctica, lejos de garantizar la sostenibilidad, oculta el efecto acumulativo real que decenas de instalaciones simultáneas generan sobre un mismo territorio.

En Villena, la situación alcanza niveles preocupantes: la Asociación Salvatierra ha tenido que presentar alegaciones a veintiséis proyectos fotovoltaicos distribuidos por todo el término municipal. La mayoría de ellos se concentran precisamente en el valle agrícola que une la Sierra de Salinas con la Sierra de Enmedio, un espacio de gran valor ecológico y paisajístico que actúa como corredor biológico y sumidero climático natural. Evaluar cada planta por separado equivale a mirar el bosque a través de una rendija: se pierden las conexiones, los equilibrios, los impactos sinérgicos y las consecuencias a largo plazo.

La legislación ambiental —tanto europea como estatal— exige una planificación territorial previa y coherente, que ordene las zonas de implantación de renovables de acuerdo con criterios ecológicos, agrarios, paisajísticos y sociales. Sin embargo, en Villena no existe ni un marco municipal actualizado ni una visión comarcal que defina qué suelos pueden albergar proyectos industriales de esta magnitud y cuáles deben preservarse. El resultado es una ocupación caótica del territorio, guiada por los intereses de las empresas promotoras más que por un plan energético público.

La transición energética no puede avanzar mediante la lógica del expediente, acumulando autorizaciones dispersas sin visión de conjunto. Cada nuevo proyecto se aprueba como si fuera el primero, sin asumir que sus impactos se superponen sobre los anteriores y que juntos configuran un paisaje irreversiblemente transformado. En este contexto, la evaluación caso por caso deja de ser un instrumento técnico para convertirse en una coartada burocrática.
El valle de Villena merece un tratamiento distinto: una planificación integral y participativa, basada en el conocimiento científico, el valor del suelo agrícola y la preservación de los corredores ecológicos. Solo así puede hablarse de una transición energética racional, justa y verdaderamente sostenible. Lo demás no es planificación: es colonización del territorio bajo el discurso de la sostenibilidad.
Impactos sobre el valle: Desafección social y política… y el trabajo pendiente
Si Villena hubiera avanzado en una planificación territorial verdaderamente coherente con los retos de la transición ecológica, el valle del Puerto y su entorno natural hoy estarían protegidos frente al asedio de las macroplantas solares. La primera oportunidad perdida fue la revisión del Plan General de Ordenación Urbana, que sigue anclado en un modelo de crecimiento obsoleto, ajeno a la emergencia climática y sin herramientas para ordenar la implantación de energías renovables con criterios ambientales y sociales. Un PGOU actualizado, sensible y participativo habría delimitado zonas de exclusión para usos industriales, preservado los corredores ecológicos y promovido un desarrollo rural sostenible, blindando el valle como espacio agrícola, paisajístico y de biodiversidad.
La segunda vía de protección habría sido la declaración del Parque Natural de la Sierra de Salinas, un compromiso que el equipo de gobierno municipal manifestó hace años pero que quedó en silencio. Su declaración no solo habría garantizado la conservación de la sierra, sino también la protección de su área de influencia ecológica, precisamente el valle donde hoy se concentran los proyectos solares. Convertirlo en parque natural habría significado reconocer su valor estratégico como puente biológico entre las sierras del norte de Alicante y el Altiplano murciano, un territorio esencial para la conectividad de la fauna mediterránea.
Finalmente, la apuesta por las comunidades energéticas locales habría ofrecido una alternativa justa y racional: energía limpia producida en cubiertas, polígonos o suelos degradados, gestionada de forma democrática por la ciudadanía y los ayuntamientos. Este modelo redistribuye los beneficios, reduce la dependencia de grandes corporaciones y evita la ocupación masiva de suelos fértiles. Es, en definitiva, la verdadera vía hacia una transición energética soberana, en la que Villena podría haber sido referente en lugar de territorio sacrificado.
El valle, con sus campos, aves y horizontes abiertos, merecía ser protegido por una planificación con visión de futuro. Lo que hoy está en juego no es solo un paisaje: es la posibilidad de construir un modelo de convivencia entre energía, naturaleza y comunidad.
